¿Qué hace un cronopio cuando se enamora?

Pierde la cabeza, eso es lo primero y prácticamente lo único que hace.

Se olvida de cambiar el reloj alcaucil, y ni siquiera recuerda cómo funciona.

Definitivamente deja de dibujar en las pizarras de las tortugas, y comienza a dibujar en todas partes.

¿Qué hace un cronopio cuando se enamora?

Pierde la cabeza, eso y se dedica a cortar margaritas.

Cuando a un cronopio le rompen el corazón, llora un poco, y luego un poco más.

Se sabe “desdichado y húmedo”.

Pero mientras llora, piensa en que a todos alguna vez les rompen el corazón.

En que enamorarse significa también llorar un poco.

Y que a diferencia de los famas, el cronopio llora cuando tiene ganas, y como tiene ganas, llora un poco más.

Julio Cortázar

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Si me llevas contigo

Si me llevas contigo, hazlo así, hasta la aurora,
hasta el sol infinito, hasta el fondo del mar,
si me llevas contigo, llévame a todas horas,
en el sueño profundo, en el cruel despertar.

Si me llevas contigo… llévame de la mano,
caminemos pegados como la ola y la sal,
si me llevas contigo mil fulgores lejanos
en mis tenues oídos sin querer se oirán.

Si me llevas contigo, hazlo así, lentamente,
bajo el árbol frondoso, en la noche estelar,
si me llevas contigo puede ser que mi mente
haga suya una estrella de un fulgor sin igual.

Si me llevas contigo.. ¡llévame sonriendo!
que sonría tu boca , tu alma tu mirar,
si me llevas contigo llévame con mil besos…
¡esos besos que queman y no puedo olvidar!

Si me llevas contigo,llévame hasta tu alcoba
donde el licencio extiende su manto singular,
si me llevas contigo , mi pasión que es… ¡tan loca!
susurrara en tu oído…¡quiéreme mucho mas!

Si me llevas contigo, mi locura infinita
envolverá tu mente sin dejarte escapar,
y al acudir el alba, somnolienta y bonita,
¡con un beso en tu labios yo te haré despertar!

Maribel Alfonso

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El recado

Vine Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arrancan las ramas más accesibles… En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos… Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza.
Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tus ventanas y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones… Pienso en ti muy despacio, como si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente.
Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de ti que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan más niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: “No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche…” Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor.
Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí… Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos –oh mi amor– tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos.
Ha caído la noche y ya y casi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: “Te quiero…” No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo… Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado: que te diga que vine.

Elena Poniatowska

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