Tengo un Cristo único

Tengo un Cristo único con unos ojos que en vano busqué en otros. Más tarde te mandaré una copia de él.

Cuando vuelvo a mi cuarto tras larga ausencia tiene un modo especial de mirarme y de interrogarme. “¿Qué te hicieron? ¿Por qué vienes más triste?” Y yo: “Señor, yo quería remendar la saya rota de mi pobre vida. Dulce mano fina como la tuya me daba hilos claros, flequería de aurora, para unir los jirones. Yo estaba como en un encantamiento. Pero he aquí que la mano solía dar pocas hebras y era que tejía vestido de alegría a muchas almas. Como la otra vez, Señor, yo iba cantando por el camino segura de su mano que iba entre las mías; pero su cuerpo mismo me cubría a la otra mujer que iba prendida de su otra mano. Y sucede, Señor, que yo soy de esos pobres soberbios que no reciben sino el pan íntegro, que no admiten poner la boca para recoger las migajas del banquete. Tú ves, Señor, cómo sería piadoso que un día esta angustia suave que me exprime el corazón se hiciera mayor y me acostara ella en la tierra; Tú ves que se ahorraría alguna vergüenza y algún infortunio. Hoy no, dice que mi charla le entretiene y suele hacerle olvidar. Puede que así sea. Le llenaré los huecos de fastidio que se le hacen en el espíritu. Cuando ya haya dejado su soledad, lo cederé a los demás. Dije mal: él se cederá a los otros, Señor, Tú sabes que no hay en mí pasta de amante entretenida, Tú sabes que el dolor me ha dejado puesta la carne un poco muda al grito sensual, que no place a un hombre tener cerca un cuerpo sereno en que la fiebre no prenda. Para quererlo con llama de espíritu no necesito ni su cuerpo que puede ser de todas, ni sus palabras cálidas que ha dicho a todas. Yo querría, Señor, que Tú me ayudaras a afirmarme en este concepto del amor que nada pide; que saca su sustento de sí mismo, aunque sea devorándose. Yo querría que Tú me arrancaras este celar canalla, este canalla clamar egoísta. Y te pido hoy esto y no desalojar el huésped de la aurora que hospeda tres meses el corazón, porque te diré, es imposible sacarlo ya. Como la sangre se ha esparcido y está en cada átomo del cuerpo, como energía para vivir, del espíritu, como yemas de alegría.

Y esparcido así ni con tenazas sutiles se puede atrapar. Señor, es un diablillo! Cuando has creído tomarlo se te hace humo.

Lo que el Cristo me contesta irá después. Contéstame por certificado bajo mi nombre.

Suavemente, en las sienes.

Gabriela Mistral

Share

En este momento de mi vida

Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.
Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.
Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.
También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada o todo.

Ángeles Caso La Vanguardia

Share

Amar es una decisión, no un sentimiento

Un hombre fue a visitar a un sabio consejero y le dijo que ya no
quería a su compañera y que pensaba separarse.

El sabio lo escucho, lo miro a los ojos y solamente le dijo una
palabra:

“Ámala” -luego se calló-.
- Pero es que ya no siento nada por ella.

- Ámala, -repuso el sabio-.

Y ante el desconcierto de este, después de un oportuno silencio,
el viejo sabio agregó lo siguiente:
Amar es una decisión, no un sentimiento.
Amar es dedicación y entrega.
Amar es un verbo y el fruto de esa acción es el amor.

El amor es un ejercicio de jardinería:

Arranca lo que hace daño, prepara el terreno, siembra, se paciente
riega, procura y cuide.

Esta preparado porque habrá plagas, sequías o excesos de
lluvias, más no por eso abandones tu jardín.

Ama a tu pareja, es decir, acéptala, valórala, dale
tu amor y seras feliz.

Share
Follow

Get every new post delivered to your Inbox

Join other followers