Uno acepta el amor que cree merecer

No me sirve gris, me gusta blanco o negro. Doy tanto como espero: todo o nada. De mi estatura aprendí que es lo único pequeño con lo cuál debo conformarme. No nací “Común y corriente” y no sirvo para ser sencilla. Pediré tanto como pueda dar, pero no exigiré nada. Si algo no me sirve, lo boto, si un amor no me llena lo derramo y si a un novio le gusta otra, lo regalo.

Seguiré enamorándome de todos y a la vez de ninguno, así lo encuentre o se me pasen los años. Me quedo con mi lógica cincuentera del amor, porque es de eso que soy testigo. No me sirven las relaciones casuales ni la palabra de hombres a los que en lugar de hombría, sólo les quedan hormonas.

No importa a cuántos tenga que enseñarle el verdadero significado de corresponder. No esperaré que me quieran porque sí, pero no aceptaré las dudas ni los peros. Me haré querer como soy, sin esfuerzos de ningún tipo. Al final, no importa que él ahora sea un galán de película como el que yo siempre quise, que el otro no dude tan fácil de lo mucho que ella le gusta y que el último no cambie una Margarita por un ramo de rosas. No importa, porque lo más importante, es no haberme conformado con sus escalas de grises, haber tenido los cucos puestos para sostener un NO, sencillamente porque me merezco lo mejor.

Me gusta que me endulcen el oído, quiero que me quieras de una forma insoportable, de una manera loca. Que me beses lento, que me creas incomparable, que me cuentes lo que quieras, que le coquetees a todas en mi cara, para que sepan que así les digas cosas bonitas, sólo conmigo se te para. Que robes por mi, vivas por ti y que mates por los dos.

Stephen Chbosky
(The perks of Being a wallflower)

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Lo luminoso que se ve de noche

En las épocas míticas salía sola de noche: salía al patiecito y pisando la maceta trepaba hasta la medianera y me sentaba a interrogar los cielos desde lo más profundo del corazón de Villa Crespo. Porque si antes las estrellas señalaban el camino en el mar tal vez ahora esta galaxia de neones, resplandores de hielo, ventanucos de baño, rayos móviles provenientes de ferias, la cautivante sincronización de las luces de pasillos de edificios pudiera sugerirnos variar unos centímetros el recorrido, a ver dónde llegamos. Un helicóptero en un cielo negro es su luz blanca y su sonido jadeante. No por urbana la luna es menos poderosa. Últimamente veo desde mi balcón algo como una grúa inmensa, una viga infernal que, paralela al cielo, se encaja entre edificios altos como dispuesta a rearmar el panorama, delimitada por dos luces fatuas: punto rojo en un extremo, y en el otro la extrañeza hecha luz: un rectángulo verde fluorescente, imposible de entender: de día parece una pantalla…

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Mi casa es una parte del universo

Los que la vieron dicen que la tierra es una esfera en el espacio, un planeta más bien pequeño del tamaño del dedo pulgar de los astronautas. Yo no lo dudo porque he visto fotografías y porque ahora estoy a casi medio planeta de mi casa. Lo mejor de todo esto es que en ese pulgar también mi casa es una parte del universo. Cómo no serlo si en el patio del fondo hay un filodendro de gigantes hojas y también gusanos bajo la tierra aptos para la pesca, y ahora que me acuerdo el olor de los helechos contra la pared la cara de Delfina o Federico entre los árboles y aquel canario que se nos voló de noche. Alfredo Veiravé

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A todos les pasara lo mismo

Acaba de amanecer, y estoy sentado junto a una ventana empañada por el aliento de toda una vida. Esta mañana soy un auténtico espectáculo: dos camisas,unos pantalones de paño de abrigo, una bufanda enrollada dos veces alrededor del cuello y metida dentro de un suéter grueso que me tejió mi hija para mi cumpleaños, hace ya tres décadas. El termostato de la calefacción está al máximo y he puesto una pequeña estufa a mi espalda. Silba, ruge y escupe aire caliente como el dragón de un cuento, y sin embargo mi cuerpo tiembla con un frío que no desaparecerá nunca, un frío que ha tardado ochenta años en gestarse. Ochenta años, pienso a veces, y aunque llevo mi edad con resignación, no puedo creer que no haya conducido un coche desde los tiempos en que George Bush era presidente. Me pregunto si a toda la gente de mi edad le pasará lo mismo. Nicholas Sparks

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Detrás de la bruma

Hoy el mundo amaneció podrido, en el ambiente flota un hedor insoportable. La fetidez ha sido constante: ayer, antier, hace cinco, veinte días. Se percibe cada vez más fuerte. Si sólo fuera eso estaríamos tranquilos, pero la bruma, cerrada, genera tensión en pescadores y dueños de hoteles. No hay paz en este puerto, la gente ha escuchado al mar con un timbre distinto. El océano se agita, luego viene un eco feroz, un sonido estrepitoso que juraríamos es una bestia prehistórica. La neblina impide ver más allá de trescientos metros; detrás de esa cortina seguro aguarda una mala sorpresa. Se rumora que una aldea fue devastada hace tres semanas cerca de Playa Sur. Quisieron achacar a un huracán la destrucción y los desaparecidos; pero no ha habido huracanes en estos días. Muchos sospechan la visita de un tsunami, pero la hipótesis es absurda porque las playas vecinas no sufrieron daños. Los maderos de las pilas, el bajareque, cada trozo de las casas se encontró derramado…

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Hablemos ahora de la muerte

Hablemos ahora de la muerte. Yo fui o me sentía creador en mi juventud y madurez, al punto de temer exclusivamente a la muerte, si prematura. Quería hacer mi obra. Los afectos de familia no fiaban la cuarta parte de aquella ansia. Sabía y sé que para el porvenir de una mujer o una criatura, la existencia del marido o padre no es indispensable. No hay quien no salga del paso, si su destino es ése. El único que no sale del paso es el creador cuando la muerte lo siega verde. Cuando consideré que había cumplido mi obra –es decir, que había dado ya de mí todo lo más fuerte–, comencé a ver la muerte de otro modo. Algunos dolores, ingratitudes, desengaños, acentuaron esa visión. Y hoy no temo a la muerte, amigo, porque ella significa descanso. That is the question. Esperanza de olvidar dolores, aplacar ingratitudes, purificarse de desengaños. Borrar las heces de la vida ya demasiado vivida, infantilizarse de nuevo; más todavía:…

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