Carta a gabriel

Carta a gabriel

Yo te quiero, porque un día me dijiste con palabras que también me querías. Te quiero, porque antes de decírmelo con la claridad de las palabras, me lo habías dicho ya con la claridad de tus ojos que son para mi alma las dos lámparas siempre encendidas que titilan a lo lejos en su noche. Te quiero, porque tú recuerdo está cerrado dentro de mi memoria, y ella lo guarda en silencio con la sumisión fragante y muda con que el cofre de sándalo guarda la joya. Te quiero, porque vives y te mueves en mi tan animado y tan hermoso como si yo fuera el espejo inmóvil y tú fueras la viva imagen que en él se asoma y se contempla. Te quiero, porque mi alma se ha asomado también sobre la tuya, y al mirarse a sí misma, se ha estremecido de sorpresas como la cordillera sedienta que por primera vez mira blanquear su vellón en el remanso.

Tu amor se ha venido conmigo, y es en tu ausencia el pajarillo cantor que viaja prisionero dentro de su jaula, brinca bullicioso en la estrechez de los barrotes y canta en sus gorjeos.

Tu amor se ha venido conmigo, se ha traído al destierro toda su cosecha de rosas, ha tejido con ellas una blanca guirnalda, y la tiene clavada en mi corazón con los mil clavos agudos de unas espinas. Las espinas se han teñido de sangre y mi corazón las bendice, las acoge en su blando regazo, y bajo los mil aguijones, dolorido y embriagado de perfume, se ha quedado inmóvil, no fueran a deshojarse las rosas.

Con la aureola de tu amor sobre la frente, caminando por la aridez de mi camino, te miré venir hacia mí, y tú eres desde entonces el dulce Mesías de mi alma. Las Huellas de tus sandalias al pisar sobre el polvo, me han trazado una senda de esperanza, y corro por la senda en pos de ti; voy rendida y sedienta, pero voy animosa, porque pienso en las delicias del vino de Caná, y espero saciar mi hambre en la abundancia milagrosa de los peces y los panes.

Tu amor se ha desposado con mi alma, vive junto a ella y con ella se agita a todas horas en la prisión de mi cuerpo. Cuando acerco mis dedos a las sienes escucho el revoltoso aleteo de tu amor dentro de mí, y como el pájaro prisionero a quien dejaron abierta la puertecilla de su jaula, lo siento posarse muchas veces en la puertecilla abierta de mis ojos, oigo el rasguear de sus alas en el aire, y un segundo después lo miro volar arrogante y feliz por la libertad del campo.

Te escribo hoy porque quiero contarte que sobre la blanca belleza de mi cuerpo he visto florecer de pronto la inmensa abundancia de la primavera. Agobiada de flores, con el regalo de mi amor entre los brazos yo te espero impaciente noche y día, y en la esperanza de mi espera, soy en tu ausencia, como un oasis perdido en la mitad de un desierto.

Junto al borde del camino, con mi regalo de amor entre los brazos, te espero todos los días, y mi amor al presentirte abre sus ojos, brinca de alegría y quiere salirse de mis brazos para correr a tu encuentro, como el cabritillo travieso que ha escuchado a lo lejos la esquila de su madre.

Te escribo porque no puedo ya más con la carga de mi secreto, y para que vengas a llevarla conmigo quiero decirte que tu amor es para mí la hermosísima canción de un Cantar de mis Cantares… Tu boca que es tan sabia y tan gloriosa como la boca de Salomón, se acerca muchas veces junto a mí, me roza los oídos con su aliento, y me lo canta muy bajo para que yo lo escuche y nadie pueda oírlo.

Como la Sulamita, yo también tengo aprendidas las palabras del Cantar, y como ella te llamo a todas horas en mi soledad y en mi canción te digo: “Cuando el día refresque y las sombras desciendan, vuelve, vuelve, Amado mío. Hermoso mío, como las corsas y los gamos en el monte de Betel”…Pero tú no me escuchas; la voz que canta mi cantar se ha perdido muchas veces en la oscuridad de la noche y porque quiero levantarla más y más hasta que llegue a la cumbre de tus oídos, te la envió volando presa entre las alas de esta carta.

Y soy tu amorosa Sulamita, y para la fiesta del amor con que te aguardo, he vestido ya mi lindo cuerpo con la pompa de la desposada en el palacio del Rey.

Y soy tu doliente Sulamita, y para el suplicio resignado de la espera, he vestido también mi callado tormento con la humildad dolorosa de la hierba que por las noches va pisando mi caballo en su carrera.

Con la pompa de la desposada y con la humildad de la hierba yo soy tu Sulamita y te espero noche y día, mi glorioso Salomón. ¡Oye, oye bien esta voz que te llama en mi carta, amado mío, hermoso mío, baja a toda prisa como las corzas y los gamos del monte de Betel, y ven, ven a enseñar con tu boca al silencio de la mía, la hermosísima canción del Cantar de tus Cantares!

Teresa de la parra – Ifigenia

Sigue a Gogol

Recibe publicaciones nuevas en tu email

Únete a otros seguidores