Category : Superación personal

La falsa piedad

¡Oh, déjame hablar a mí de esta falsa piedad, esposo, que conozco mejor que todos vosotros y me parece más perniciosa que el odio! El odio, al menos, es actividad del corazón, es vida; y entras hay vida, hay esperanza de redención; el odio puede volverse amor en alguna manera; pero la falsa piedad adormece la conciencia, paraliza el corazón, mata el alma. Yo he oído alabar la piedad de la ciudad mía porque con tributo o limosna sostenía muchos asilos, hospitales y conventos para viejos, para inválidos, para niños, para doncellas; para todo vicio, defecto y necesidad había asilo en la ciudad esta, y toda forma de oración y enseñanza tenia en ella sustituto, y por esto era alabada de muy piadosa. Mas yo me revolví y dije: No de nuestra piedad son obras estas, sino de nuestro egoísmo. Cuando doy para el hospicio viejos, parece que quiero descargarme de todos los viejos. De la vida puede poner sobre mis hombros. Vayan allá, al…

Dar

Todo hombre que te busca va a pedirte algo; el rico aburrido, la amenidad de tu conversación; el pobre, tu dinero; el triste, un consuelo; el débil, un estimulo; el que lucha, una ayuda moral. Todo hombre que te busca de seguro ha de pedirte algo. ¡Y tu osas impacientarte! ¡Y tu osas pensar! ¡Que fastidio! ¡Infeliz! La ley escondida, que reparte misteriosamente las excelencias, se ha dignado otorgarte el privilegio de los privilegios, el bien de los bienes, la prerrogativa de las prerrogativas: ¡dar! ¡Tú puedes dar! ¡En cuantas horas tiene el día, tu das, aunque sea una sonrisa, aunque sea un apretón de manos, aunque sea una palabra de aliento! En cuantas horas tiene el día, te pareces a Él, que no es sino dación perpetua y regalo perpetuo. Debieras caer de rodillas ante el Padre, y decirle: • – ¡Gracias porque puedo dar, Padre mío! ¡Nunca más pasara por mi semblante la sombra de una impaciencia! ¡En verdad os digo que vale…

No te rindas

El griego Demóstenes perdió a los siete años a su padre, y su tutor lo despojó de toda su fortuna. Era un pobre huerfanito tartamudo. En una ocasión, asistió a un juicio y oyó el discurso del defensor, que fue vitoreado por el pueblo y llevado en triunfo. Entonces, quiso hacerse famoso y quiso dedicarse a la oratoria. Pero la tarea no era fácil para él. En su primer discurso lo interrumpieron de malas maneras. Él se sintió abatido y muchos seguían burlándose de él, cuando lo veían. Pero hubo un anciano que lo animó a seguir practicando, porque vio que tenía cualidades y mucha inteligencia. Entonces, se animó y se puso a practicar con tenacidad. Para remediar su defecto se ponía una piedrecita debajo de la lengua y se iba a la orilla del mar a gritar para adquirir una voz potente. A veces, iba a grutas subterráneas o daba grandes paseos al aire libre, recitando en voz alta discursos y poesías. Y, poco…

Nunca es demasiado tarde

El primer día de clases en la Universidad, nuestro profesor se presentó a los alumnos y luego nos pidió que nos presentáramos a alguien a quien no conociéramos todavía. Me quedé de pie para mirar alrededor, cuando una mano suave tocó mi hombro. Miré para atrás y vi una pequeña señora, viejita y arrugada, sonriéndome radiante, con un gesto que iluminaba todo su ser. Dijo: — Hey, muchacho… Mi nombre es Rosa. Tengo ochenta y siete años de edad. ¿Puedo darte un abrazo? Me reí y contesté: — ¡Claro que puede! — Y ella me dio un gran apretón. — ¿Por qué está usted en esta Facultad a tan tierna e inocente edad? — pregunté. Ella respondió juguetona y sonriente: — Estoy aquí para encontrar un marido rico, casarme, tener un montón de hijos y entonces jubilarme y viajar. — Está bromeando —le dije. Yo estaba curioso por saber qué la había motivado a enfrentar este desafío con su edad, y ella repuso: — Siempre…

Querido Waymon

Quiero que sepa que desde que recibí su carta he pensado mucho en usted. Menciona lo difícil que es estar tras las rejas y mi corazón lo acompaña. Pero cuando leí que yo no puedo imaginar lo que es estar en prisión, me vi impulsada a decirle que está en un error. Hay diferentes tipos de libertad, Waymon, diferentes tipos de prisión. A veces, nosotros mismos nos imponemos nuestras prisiones. Cuando, a los 31 años de edad, desperté un día para encontrarme totalmente paralizada, me sentí entrampada, desconcertada con la sensación de estar aprisionada en un cuerpo que ya no me permitiría correr por una pradera, bailar o sostener a mi hijo en brazos. Por mucho tiempo me quedé ahí nada más, luchando por aceptar mi enfermedad, tratando de no sucumbir a la autocompasión. Me pregunté si en verdad valía la pena vivir bajo tales condiciones, o si no sería mejor morir. Pensé en este concepto de prisión porque me parecía que había perdido todo…

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