Contra la violencia discurso de Robert Kennedy

Contra la violencia discurso de Robert Kennedy

“Esta es una época de pena y tristeza. No es un día para la política. He guardado esta única oportunidad, mi único evento publico de hoy, para hablar brevemente acerca de la insensata amenaza de la violencia en América que, una vez mas, ensucia nuestra tierra y cada una de nuestras vidas.

No es solo la preocupación de una sola raza. Las victimas de la violencia son negros y blancos, ricos y pobres, jóvenes y viejos, famosos y desconocidos. Todos ellos son, y es lo más importante de todo, seres humanos, a quienes otros seres humanos aman y necesitan. Nadie –sin importar en donde vive o en que trabaja- puede estar seguro quien sufrirá por un insensato acto de derramamiento de sangre, actos que siguen ocurriendo constantemente en nuestro País.

¿Por qué? ¿Qué es lo que la violencia ha logrado alguna vez? ¿Qué es lo que la violencia ha creado alguna vez? Ninguna causa de ningún mártir nunca ha sido detenida por la bala de un asesino.

Ningún mal ha sido corregido con motines y desordenes públicos. Un francotirador es solo un cobarde, no un héroe; y una turba descontrolada, incontrolable, es solo la voz de la locura, no la voz de la razón.

Cada que la vida de un americano es tomada por otro americano, innecesariamente –haya sido en el nombre de la ley, o en desafío de la ley, por un hombre, por una pandilla, a sangre fría o en un momento de pasión, en un ataque de violencia, o en respuesta a la violencia-, cada vez que atentamos contra la construcción de una vida que otro hombre dolorosa y dedicadamente ha construido para el y para sus hijos, toda la nación se degrada.

“Entre hombres libres”, decía Lincoln, “no puede haber un llamado exitoso de la urna a la bala, y aquellos que escuchan ese llamado seguramente perderán su causa y pagaran las consecuencias”.

Y aun así, pareciera que toleramos un constante aumento en los niveles de violencia que ignoran nuestra común humanidad, así como nuestros llamados a la civilización. Sin exaltarnos aceptamos los reportes de periódico sobre matanzas de civiles en tierras lejanas. Glorificamos el matar en las pantallas de cine y televisión y lo llamamos entretenimiento. Hacemos fácil para hombres con cordura cuestionable, adquirir todas las armas y municiones que deseen.

Demasiado frecuentemente honramos la jactancia, la bravuconería y el ejercicio de la fuerza; demasiado frecuentemente disculpamos a aquellos que están dispuestos a construir sus propias vidas sobre los sueños destrozados de otros. Algunos americanos que predican la no-violencia en el extranjero, fallan en su práctica en casa. Algunos que acusan a otros de incitar revueltas, han sido los instigadores de las mismas.

Algunos buscan chivos expiatorios, otros buscan conspiraciones, pero solo esto es claro: la violencia genera violencia, la represión genera represalias, y solo una limpieza de toda nuestra sociedad puede remover esta enfermedad de nuestros espíritus.

Porque también existe otra clase de violencia, mas lenta pero igual de mortalmente destructiva que el disparo o la bomba a la mitad de la noche. Es la violencia de las instituciones: indiferencia, inactividad y una lenta decadencia. Esta es la violencia que afecta al pobre, que envenena las relaciones entre los hombres porque sus pieles tienen diferentes colores. Esta es la lenta destrucción de un niño por hambre, y escuelas sin libros, y casas sin calefacción en el invierno.

Esta es la destrucción del espíritu de un hombre al negarle la oportunidad de presentarse como padre y como hombre entre los hombres. Y esto también nos aqueja a todos.

No he venido aquí a proponer una lista de soluciones específicas porque no las hay. Porque solo a través de un contorno más abierto y adecuado podremos saber que hacer. Cuando enseñamos a un hombre a odiar y a temer a su hermano, cuando le enseñamos que es menos hombre que otros debido al color de su piel, o a sus creencias religiosas o a sus puntos de vista políticos, cuando tu enseñas que aquellos que difieren de ti amenazan tu libertad, o tu trabajo o a tu familia, entonces tu también aprendes a enfrentar a los demás no como prójimo ciudadano, sino como enemigo, solo para ser reconocido a través de la conquista, no a través de la cooperación, solo para ser subyugado y dominado.

Aprendemos, de fondo, a ver a nuestros hermanos como ajenos, hombres con quienes compartimos una ciudad, pero no una comunidad; hombres unidos a nosotros solo en la vecindad, no en el esfuerzo común. Aprendemos a compartir solo un miedo común, solo un deseo de alejarnos el uno del otro, solo el impulso común de enfrentar el desacuerdo por la vía de la fuerza. Para todo esto, no hay respuestas contundentes.

Y sin embargo sabemos lo que tenemos que hacer. Y es lograr la verdadera justicia entre nuestros prójimos ciudadanos. La pregunta no es que programa es el que deberíamos buscar para aplicarlo. La pregunta es si podemos encontrar en nosotros mismos y en nuestros corazones ese liderazgo de propósito humano que reconozca la terrible verdad de nuestras existencias.

Debemos admitir la vanidad de nuestras falsas distinciones entre los hombres y aprender a encontrar nuestro avance en la búsqueda del avance de otros. Debemos admitir en nosotros mismos que el futuro de nuestros hijos no puede ser construido en la desfortuna de otros. Debemos reconocer que esta corta vida no puede verse ennoblecida o enriquecida por el odio y la venganza.

Nuestras vidas en este planeta son muy cortas, y el trabajo por realizar muy grande, como para permitir que este espíritu de violencia siga creciendo en nuestro país. Por supuesto no logramos eliminarlo con un programa o con una resolución.

Pero quizás podamos recordar, tan solo por un momento, que aquellos que viven con nosotros son nuestros hermanos, que comparten con nosotros el mismo corto momento de vida; que ellos también buscan, como nosotros, nada mas que la oportunidad de vivir sus vidas con intención y felicidad, disfrutando cualquier satisfacción y realización que puedan lograr.

Seguramente, este lazo común de fe, este lazo de objetivos comunes, puede comenzar a enseñarnos algo. Seguramente podemos aprender, al fin, a mirar a aquellos a nuestro alrededor como prójimos, y seguramente podemos comenzar a trabajar un poquito más en sanar las heridas entre nosotros y convertirnos, en nuestros corazones, en hermanos y patriotas, una vez más”.

Robert Kennedy el 5 de abril de 1968, día después de la muerte de Martin Luther King

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