Domina tu mente

Domina tu mente

Tetsuya estaba trabajando en la oficina situada en los bajos de su casa. Se dio la vuelta para ver quién llegaba, y se le congeló la sonrisa.

Sus ojos se quedaron fijos en la bolsa alargada que llevaba consigo el extranjero.

-Es exactamente lo que está pensando –dijo el recién llegado-. No he venido para humillar ni para provocar al hombre que se convirtió en

una leyenda. Tan sólo quiero demostrar que,tras años y años de práctica, he conseguido llegar a la perfección.

Tetsuya respondió que tenía que volver a su trabajo: estaba terminando de colocar las patas de una mesa.

-Un hombre que sirvió de ejemplo a toda una generación, no puede desaparecer como usted desapareció –continuó el extranjero-. He

seguido sus enseñanzas, he procurado respetar el camino del arco, y merezco que me vea disparar. Si lo hace, me iré por donde vine y no

diré a nadie dónde se encuentra el mayor de todos los maestros.

El extranjero sacó de su bolsa un arco largo, hecho de bambú barnizado, con la empuñadura un poco más abajo del centro.

Hizo una reverencia a Tetsuya, caminó hasta el jardín e hizo otra reverencia hacia un lugar determinado. Acto seguido, disparó una flecha ornamentada con plumas de águila, abrió las piernas para tener una base firme para disparar, con una mano llevó el arco hasta delante de su rostro, y con la otra colocó la flecha.El chico miraba con una mezcla de alegría y miedo. Tetsuya, a su vez, había interrumpido su trabajo y miraba al extranjero con curiosidad.

El hombre llevó el arco –ya con la flecha sobre la cuerda- hasta el centro de su pecho. Lo levantó por encima de la cabeza y, a medida que bajaba las manos, comenzó a abrirlo. Cuando llegó con la flecha a la altura de su rostro, el arco ya estaba completamente extendido. Por un momento que pareció durar una eternidad, arquero y arco permanecieron inmóviles. El chico miraba hacia el punto donde

apuntaba la flecha, pero no veía nada.

De repente, la mano de la cuerda se abrió, el brazo fue empujado hacia atrás, el arco dibujó un elegante giro con la otra mano, y la flecha se

perdió de vista para volver a aparecer a lo lejos. -Ve y cógela –dijo Tetsuya.

El chico volvió con la flecha. Había atravesado una cereza que estaba en el suelo, a cuarenta metros de distancia. Tetsuya hizo una reverencia al arquero, fue a un rincón de su carpintería, y cogió una especie de madera fina, de delicadas curvas, envuelta en una larga cinta de cuero. Desenrolló la cinta sin ninguna prisa y descubrió un arco semejante al del extranjero, con la diferencia de que parecía haber tenido bastante más uso.

-No tengo flechas, así que necesitaré una de las tuyas. Haré lo que me pides, pero tendrás que mantener la promesa que has hecho: jamás

revelarás el nombre de la aldea donde vivo. “Si alguien preguntara por mí, le dirás que fuiste al fin del mundo en mi busca, hasta que descubriste que me había mordido una cobra y había muerto dos días más tarde.”

El extranjero asintió y le tendió una de sus flechas.

Apoyando en la pared uno de los extremos del largo arco de bambú, y haciendo un esfuerzo considerable, Tetsuya colocó la cuerda. Acontinuación, sin decir nada, salió en dirección a las montañas.

El extranjero y el chico lo acompañaron.

Caminaron durante una hora hasta llegar a una hendidura entre dos rocas, por donde corría un caudaloso río. El lugar sólo se podía cruzar a través de un puente de cuerda medio podrido y a punto de caerse.

Con toda tranquilidad, Tetsuya se plantó en mitad del puente, que se balanceaba peligrosamente, hizo una reverencia a algún lugar del otro lado, armó el arco tal y como lo había hecho el extranjero, lo levantó, lo llevó hasta su pecho y disparó.

El chico y el extranjero vieron que la flecha había atravesado un elocotón maduro, que se encontraba a veinte metros del lugar. -Tú alcanzaste una cereza, yo alcancé un melocotón –dijo Tetsuya, mientras volvía a la seguridad del margen del río-. La cereza es menor. “Tú alcanzaste tu objetivo a cuarenta metros, y el mío estaba a la mitad de esa distancia. Estás, por lo tanto, en condiciones de repetir lo que he hecho yo. Ven aquí, ponte en mitad del puente, y haz lo mismo.”

Aterrorizado, el extranjero caminó hasta  mitad del puente medio podrido, sin apartar la vista del despeñadero bajo sus pies. Hizo los mismos gestos rituales y disparó en dirección al melocotonero, pero la flecha pasó a mucha distancia.

Al volver al margen, tenía la cara blanca. -Tienes habilidad, tienes dignidad, y tienes postura –dijo Tetsuya-. Conoces bien la técnica y dominas el instrumento, pero no dominas tu mente.

Sabes disparar cuando todas las circunstancias te son favorables, pero cuando estás en un terreno peligroso, no das en el blanco. El arquero, sin embargo, no siempre puede escoger su campo de batalla, de modo que vuelve a comenzar tu entrenamiento y  prepárate para situaciones desfavorables.

Paulo Coelho

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