El cordón

El cordón

En ese instante hubo un destello de sorpresa, al encontrarse sus ojos con los míos, que observaban; ella
ahogó una exclamación y desapareció
En el aire, centelleante, giraba una tapa de aceite con un cordón enganchado, de cuero, como el de una
bota. Un extremo se sujetaba a la tapa por una diminuta conexión de alambre; el otro iba atado a la grapa de la
capucha, justo bajo el cilindro trasero derecho del motor. Con la grapa en su sitio no había modo de que ese
artefacto saliera disparado. Tal vez pudiera aflojarlo algún tornado, pero no se apartaría del Cub a menos que
se desprendiera toda la parte delantera del avión.
Solución simple, definitiva, obvia.
Por la noche estaba en el taller; perforé un agujero diminuto en el costado de la tapa para la conexión,
inserté un alambre para sujetar el cordón, até el cuero a la grapa de la capucha y lo instalé en el Cub.
Funcionaba perfectamente. Aun aflojando la tapa y tirando con fuerza para arrancharla del tanque, no se
deslizaba más de dos o tres centímetros desde la abertura; la varilla medidora se mantenía en el tubo de
llenado y el cordón no cedía. ¡Sí! ¡Nunca más otro canario!
Mientras volvía a la casa, esa noche, me pregunté: “¿Por qué un cordón de cuero? ¿Por qué no un cable
de acero?”. Hoy en día, en la aviación, todo el mundo usa cables de acero. ¿Por qué se me había ocurrido de
cuero?
Mientras me lo planteaba, recordé el momento en que había aparecido la solución y vi nuevamente esa
cara encantadora y fugaz, con un lápiz de madera para dibujo enhebrado de forma casual en el pelo oscuro, la
sorpresa honda en los ojos pardos al encontrarse con los míos. Y después, el desvanecimiento instantáneo.
Alguien pronunció las palabras con mi voz cuando me detuve en el camino, recordando
–¿Quién? ¿Era? ¿Ésa?
Cerré la boca, pero la pregunta no cesó. ¿Cómo había podido olvidar esos ojos? Aquello no era una
simple visión interior matutina que había resuelto mis problemas de aviación. ¡Allí había aparecido una mujer!
No se necesita ser un especialista en mecánica cuántica para imaginar el problema con el que luché esa
noche, y al día siguiente y al otro. El hecho de que algo suceda en una fracción de segundo no significa que no
haya sucedido, como te lo puede decir cualquier paloma de terracota para tiro al blanco.
Y yo había sido destrozado en muchos pedazos por ese único disparo. No había error. Según me han
dicho, nuestra facultad de reconocer objetos al azar falla en exposiciones inferiores a medio segundo. En
cuanto a objetos geométricos, en menos de una quincuagésima de segundo. Pero nuestra percepción de una
sonrisa se mantiene aun con un destello de una milésima de segundo, tan sensible es nuestra mente a las
imágenes del rostro humano.

Richard Bach

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