La magia de un elogio

La magia de un elogio

Georgette Leblanc, en su libro “Recuerdos. Mi vida con Maeterlinck”, describe la asombrosa transformación de una humilde Cenicienta belga.
“Una sirvienta de un hotel cercano me llevaba las comidas. Se llamaba Marie, la Lavaplatos, porque había comenzado su carrera como ayudante de cocina. Era una especie de monstruo, bizca, de piernas combadas, pobre en carne y en espíritu.
“Un día en que me acercaba con sus rojas manos un plato de fideos, le dije a boca de jarro:
“-Marre, no sabe usted qué tesoros tiene ocultos. “Acostumbrada a dominar sus emociones, Marie esperó unos momentos, sin atreverse a hacer un gesto por temor a una catástrofe. Por fin dejó el plato en la mesa, suspiró y exclamó ingenuamente:
“-Señora, jamás lo habría creído.
“No tuvo una duda, ni hizo una pregunta. Volvió a la cocina y repitió lo que yo había dicho, y tal es la fuerza de la fe, que nadie se rió de ella. Desde aquel día se le tuvo cierta consideración. Pero el cambio más curioso se produjo en la misma Marie.
Con la idea de que era el receptáculo de maravillas invisibles, comenzó a cuidarse la cara y el cuerpo, tanto que su olvidada juventud pareció florecer y ocultar su fealdad.
“Dos meses más tarde, cuando yo me marchaba de allí, anunció su próxima boda con el sobrino del `chef’. “-Voy a ser una señora -dijo, y me agradeció. Una pequeña frase había cambiado su vida entera.” Georgette Leblanc había dado a Marie una reputación que justificar, y esa reputación la transformó.

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