Las estaciones del valle de México

Las estaciones del valle de México

Pocos habrán de ser los lugares de la tierra que desde el punto de vista poético y pintoresco puedan superar en belleza al Valle de México: contribuyen a esto muy poderosamente los variados fenómenos que en él ofrecen las estaciones del año.
Los dulcísimos trinos del jilguero, gorjeo de las demás aves, armonioso sonido d. las campanas que en las poblaciones anuncian la hora del alba, Y el labrador que acude al campo con sus yuntas para dar principio a sus faenas, marcan los instantes en que los espléndidos rayos de la aurora, que preceden a la salida del sol, se difunden por el transparente fluido de la atmósfera.
Antes de traspasar el sol el horizonte, la región oriental se colora sucesivamente con los brillantes tintes rojo, naranjado, amarillo, verde purpurino; el límite de la blanquecina luz crepuscular, que en forma de arco se extendía por el espacio, va rápidamente avanzado hacia el cenit, al mismo tiempo que la parte superior del cielo que rodea este punto adquiere progresivamente el matiz azulado más intenso.
La cresta de la cordillera oriental se dibuja y destaca sobre un fondo brillante de rosa y oro; las majestuosas cumbres nevadas del Popocatépetl e Ixtaccíhuatl, que se levantan como dos colosos para descubrir los primeros la salida del sol, e iluminadas débilmente en su parte occidental por la luz difusa, aparecen cual si fueran formadas de cristal de Bohemia.
De vez en cuando, una densa columna de humo, que se hace perceptible a los albores de la aurora, sale del cráter del Popocatépetl, demostrando la constante actividad de este volcán, que conserva vestigios de tremendas erupciones.
Cuando el sol, trasponiendo el horizonte, sigue su marcha ascensional presenta un bello espectáculo, en verdad muy difícil de describir…
Deliciosos se presentan desde ese momento los alrededores de la capital. En ellos se goza con la embriagadora frescura de la mañana, con la amenidad de los campos, con el ambiente embalsamado y con el aroma de las flores. Allí muestran su belleza los enjambres de
mariposas de relucientes y pintadas alas, y los colibríes, esas preciosas avecillas que, dotadas de una volubilidad extraordinaria, cruzan el aire como exhalaciones, o bien, chupando el néctar de alguna flor, suspendidas en el espacio, baten incesantemente sus alas y ostentan a los reflejos del sol el verde y nacarado esmalte de su plumaje.
Hacia el sur de la capital, el suelo del Valle presenta un aspecto diferente del de los lugares que se acaban de mencionar. No se encuentran allí la camelia, el lirio, la rosa de Bengala ni otras flores exquisitas debidas al esmerado cultivo; pero crecen en las chinampas, en esas islas artificiales que han convertido los pantanos en amenos jardines, la frondosa amapola, el purpurino clavel, la elegante dalia, la perfumada violeta, y la fragante rosa de Castilla. El canal que une los lagos de Xochimilco y Texcoco se ve cubierto en los días de primavera de canoas cargadas de flores y verduras que se dirigen a los mercados de México; y todo aquel que haya concurrido a los paseos cuaresmales de la Viga, recordará siempre con agrado la animación que constantemente reina en ese lugar.

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