Los secretos del universo

Los secretos del universo

Años, siglos, eras han pasado volando ante mí en interminable desfile, dejándome incólume: pues yo soy inmortal y el único de mi especie en todo el universo. ¿Universo?
Es extraño cómo esa palabra usual se presenta en seguida a mi mente, con la fuerza de la vieja costumbre. ¿Universo? La mera expresión de una idea minúscula en las mentes de quienes no saben lo que dicen. Esa palabra es una burla. Pero ¡cuan volublemente la pronuncian los hombres! ¡Qué poco comprenden lo artificioso de esa noción! Aquella noche, cuando me llamó el profesor, le hallé junto a la pared curva y transparente del observatorio, mirando la oscuridad.
Me oyó entrar pero no levantó la vista mientras hablaba. No supe si se dirigía a mí o no.
—Me llaman el mayor científico que el mundo haya tenido en todos los tiempos.
Desde hacía varios años yo era su único ayudante y estaba acostumbrado a sus humores, conque no respondí. Él también guardó silencio durante varios minutos y luego prosiguió:
—Hace medio año descubrí un principio que servirá para destruir totalmente los gérmenes de enfermedades. Recientemente he comunicado los principios de una nueva toxina que estimula las células vitales protoplasmáticas desgastadas, provocando un rejuvenecimiento casi completo. Los resultados de ambos descubrimientos prácticamente duplicarán el plazo de vida común. Pero estos dos no son sino una fracción de la larga lista de descubrimientos que ha realizado para beneficio de la especie.
En ese momento se volvió mirándome fijamente, y me sobresalté al advertir el resplandor nuevo y peculiar que había en sus ojos.
—¡Por eso me llaman grande! Por estos míseros descubrimientos me llenan de honores y me llaman el benefactor de la humanidad. ¡Los muy imbéciles! ¡Me repugnan! ¿Creen acaso que lo hice por ellos? ¿Creen que me importa la especie, lo que haga, lo que ocurra con ella o cuánto tiempo viva? No saben que todo lo que les he brindado fueron descubrimientos accidentales de mi parte… a los que apenas había dedicado un pensamiento. ¡Ah! Pareces sorprendido. Pero ni siquiera tú, que hace diez años que me ayudas aquí, has sospechado jamás que todos mis esfuerzos y experimentos se dirigían hacia un fin, un único fin.
Se acercó a un armario cerrado. En años anteriores me había preguntado qué contenía, pero luego dejé de pensarlo, a medida que me consagraba a mi trabajo. El profesor lo abrió ahora; parecía no contener sino los habituales frascos, probetas y redomas. Sacó cuidadosamente una redoma de un estante.
—Y por fin he alcanzado mi objetivo —murmuró, alzando el frasco.
Un líquido pálido centelleó extrañamente bajo la luz artificial del techo—. ¡Treinta años, largos años de experimentación incesante, y ahora, en mi mano… el éxito!
La actitud del profesor, el brillo de sus ojos oscuros, el entusiasmo contenido que parecía desbordar me impresionaron profundamente. Quedé convencido de que había logrado algo inmenso, y así se lo dije.
—¡Inmenso! —exclamó—. ¡Inmenso! Lo es tanto que… ¡Espera! Lo verás con tus propios ojos.
En aquel momento no sospeché el significado de sus palabras. En efecto, iba a verlo con mis propios ojos.
Dejó cuidadosamente la redoma en su sitio y luego se volvió hacia la pared transparente.
—¡Mira! —señaló el cielo nocturno—. ¡Lo desconocido! ¿No te fascina? Esos tontos sueñan con viajar algún día hacia allí, hacia las estrellas. Creen que así descubrirán el secreto del universo. Pero hasta ahora no han sabido resolver el problema de un combustible o energía suficientemente poderosos para sus naves. Están ciegos. Yo podría, pero no quiero. Que investiguen, que experimenten, que desperdicien sus vidas.
¡A mí qué me importa!
Me pregunté a dónde quería ir a parar, pero comprendí que valía más dejarle seguir el hilo de sus pensamientos. Prosiguió:
Y suponiendo que resolvieran el problema, suponiendo que despegaran de este planeta y fueran a otros mundos en sus naves huecas,
¿qué ganarían con eso? Supongamos que viajasen a la velocidad de la luz durante toda la vida y luego aterrizaran
en una estrella, lo más lejos de aquí que fuese posible. Sin duda dirían: «Ahora podemos comprender mejor que nunca la inmensidad del universo. En verdad el universo es una magna estructura. Hemos recorrido una gran distancia; debemos hallarnos en el límite».
Eso creerían. Sólo yo sé lo equivocados que estarían, pues sin moverme de aquí, mirando a través de este telescopio, veo estrellas cincuenta y sesenta veces más lejanas que lo alcanzado por ellos. En comparación, su estrella se hallaría infinitamente cerca de
nosotros. ¡Pobres tontos engañados por sus fantasías de viaje espacial!
—Pero, profesor, piense simplemente… —intervine.
—¡Silencio! Escucha ahora. También yo, durante mucho tiempo, quise desentrañar los secretos del universo, conocer el cómo, el cuándo y el porqué de su creación. ¿Alguna vez te has parado a pensar qué es el universo? Desde hace treinta años he trabajado sobre este problema. Sin saberlo, con tu eficacia me has ayudado en los experimentos desconocidos para ti que realizaste por mi cuenta en varias ocasiones. Ahora tengo la solución en esa redoma y serás el único que comparta el secreto conmigo.
Incrédulo, quise interrumpirle de nuevo.
—¡Espera! —dijo—. Déjame terminar. Hubo una época en que yo también miraba a las estrellas en busca de la respuesta. Construí este telescopio basado en un nuevo principio que me pertenece. Investigué las profundidades del vacío. Realicé extensos cálculos. Y
demostré concluyentemente lo que hasta el momento sólo era una teoría. Ahora sé, sin lugar a dudas, que nuestro planeta y los demás que giran alrededor del Sol no son sino electrones de un átomo cuyo núcleo es el Sol. Nuestro astro no es más que uno entre
millones, cada uno de los cuales tiene un número definido de planetas. Cada sistema es un átomo lo mismo que el nuestro. Y esos millones de sistemas solares, o átomos, forman reunidos una galaxia. Como sabes, en el espacio hay un número enorme de galaxias,
separadas por tremendas extensiones de espacio. ¿Y qué son estas galaxias? ¡Moléculas que se extienden por el espacio incluso más allá del alcance máximo de mi telescopio! Y al haber llegado tan lejos, no resulta difícil dar el paso final. Todas estas vastas galaxias, o moléculas, tomadas en conjunto, ¿qué forman? ¡Algún elemento o sustancia desconocida de un gran mundo ultramacrocósmico! ¡Quizás una minúscula gota de agua, un grano de arena, una bocanada de humo, o quién sabe si una pestaña de algún ser que vive en ese mundo!
No pude replicar. Sentí que me aturdía la idea que acababa de exponer. Quise afirmar que no era posible pero, ¿qué sabía yo, o cualquier otra persona, acerca de extensiones infinitas de espacio que debían hallarse más allá del alcance de nuestro telescopio más poderoso.
—¡No puede ser! —balbucí—. ¡Es increíble…, monstruoso!
—¿Monstruoso? Piensa un paso más adelante. Ese ultramundo, ¿no podría ser también un electrón que girase alrededor de un núcleo atómico? ¿Y ese átomo nada más que uno de los millones que forman una molécula? ¿Y esa molécula nada más que una de los millones que forman…?
—¡Por Dios, deténgase! —grité—. ¡Me niego a creer que semejante cosa sea posible!
¿A dónde nos conduciría todo esto? ¿Dónde concluiría? ¡Podría continuar… siempre! Y
además —objeté débilmente—, ¿qué tiene esto que ver con… su descubrimiento, con el líquido que me ha mostrado?
—Exactamente esto: muy pronto descubrí que era inútil estudiar lo infinitamente grande, de modo que me volqué hacia lo infinitamente pequeño. ¿Acaso no es lógico que, si tal organización impera en las estrellas por encima de nosotros, exista la misma en los átomos, debajo de nosotros?

Henry Hasse extracto de El hombre que encogio.

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