Siempre en primer lugar

Siempre en primer lugar

Ganar no es algo casual; es habitual.
No se gana de vez en cuando, no se hacen las cosas bien de vez en cuando, se hacen bien siempre.
El ganar es un hábito. Desafortunadamente, también el perder es un hábito.
No hay segundo lugar. En mi equipo hay un solo lugar y ese es el primero. Dos veces he quedado en segundo lugar en mi equipo Green Bay y nunca quiero volver a quedar en segundo lugar otra vez. Hay un juego para los ganadores de segundo lugar, pero es un juego de perdedores jugado por perdedores.
Es y siempre ha sido un orgullo ser el primero en cualquier cosa, y ganar, y ganar, y ganar.
Cada vez que un jugador salta al campo a demostrar lo que tiene que ofrecer, tiene que jugar desde la planta de los pies hasta la punta de los cabellos. Cada centímetro de su ser tiene que jugar. Algunos juegan con la cabeza. Está bien. Hay que ser listo para ser el primero en cualquier actividad. Pero más importante aún, hay que jugar con el corazón, con cada fibra de su cuerpo. Si tienen la suerte de encontrar a alguien con mucha cabeza y mucho corazón, verán que nunca va a quedar en segundo lugar.
No hay diferencia alguna entre mandar un equipo de futbol y cualquier otra clase de organización—un ejército, un partido político, un negocio—. Los principios que se aplican son los mismos. El objetivo es ganar, derrotar al contrario. Tal vez esto suene duro o cruel. A mi no me parece.
Es un hecho de la vida que el hombre es competitivo, y que los juegos más competitivos atraen a los hombres más competitivos. Por eso están allí—para competir—. Conocen las reglas y los objetivos cuando entran a participar en el juego. El objetivo es ganar—justamente, honradamente, decentemente, siguiendo los reglamentos—pero ganar.
Y en verdad, nunca he conocido a un hombre que valiera algo, que a la larga, en lo más profundo de su corazón, no agradeciera y apreciara el trabajo y la disciplina. Hay algo dentro de los hombres buenos que realmente anhela, necesita de la disciplina y la dura realidad de la lucha frente a frente.
No digo estas cosas porque crea en la naturaleza “brutal” del hombre, o en que el hombre deba brutalizarse para ser combativo. Creo en Dios, y creo en la decencia humana. Pero también creo firmemente que la mejor hora de cualquier hombre—en la que logra la satisfacción de sus más caros anhelos—es ese momento cuando ha dado de sí y de su corazón todo lo que tenía en aras de una buena causa y yace agotado sobre el campo de batalla victorioso.
VINCE LOMBARDI

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