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El Bambu y el Helecho

Un día decidí darme por vencido… Renuncié a mi trabajo, a mi relación, a mi vida. Fui al bosque para hablar con un anciano que decían era muy sabio. -¿Podría darme una buena razón para no darme por vencido? Le pregunté. -Mira a tu alrededor, me respondió, ¿ves el helecho y el bambú? -Sí, respondí. -Cuando sembré las semillas del helecho y el bambú, las cuidé muy bien. El helecho rápidamente creció. Su verde brillante cubría el suelo. Pero nada salió de la semilla de bambú. Sin embargo no renuncié al bambú. -En el segundo año el helecho creció más brillante y abundante y nuevamente, nada creció de la semilla de bambú. Pero no renuncié al bambú. -En el tercer año, aún nada brotó de la semilla de bambú. Pero no renuncié al bambú. -En el cuarto año, nuevamente, nada salió de la semilla de bambú. Pero no renuncié al bambú. -En el quinto año un pequeño brote de bambú se asomó en la tierra….

El himno de la vida

¿Te eternizas? ¿Para qué? ¡La juventud y la vida están conmigo! No me verás debilitarme en la batalla fatal. Sobre las ruinas dispersas y sobre las angustias brillan mis veinte años. No me quitarás esa fuerza divina que arde en mi corazón. No me detendrás en el vuelo impetuoso que me arrastra. Tus uñas son impotentes, ¡oh negra diosa!, yo sigo mi camino. Ves, allá abajo, en el mundo, ¡qué luz de sueño y de rosas! ¿Oyes en el cielo gozoso los trinos de las alondras triunfantes? ¡Qué fulguración de fe y de ideal, qué estremecimiento de alas!… Quiero el trabajo que diviniza y que con noble dominio gobierna todas las cosas. Quiero el sueño y la armonía, la juventud eterna del arte, la risa del azul y los bálsamos de las flores, los astros, los esplendores y los besos. Pasas bruja negra; pasas como una sombra funesta al sol. Pero todo renace, todo espera. Las violetas sonríen bajo las breñas, y yo, escapada de…

Amo de su destino

En medio de la noche que me cubre, negra como el abismo, de polo a polo doy gracias a los dioses, cualesquiera que sean, por mi alma invencible. Entre las crueles garras de los hechos no me he rebelado ni grité; bajo los golpes del Acaso, mi cabeza sangra, pero no se doblega. Más allá de este lugar ‘ de iras y de lágrimas se vislumbra sólo el Horror de la Sombra; pero, sin embargo, la amenaza de los años me encuentra y me encontrará impasible. Por angosta que sea la puerta, por cargada de castigos que esté la sentencia, yo soy el Amo de mi Destino, yo soy el Capitán de mi Alma. Henley

La falsa piedad

¡Oh, déjame hablar a mí de esta falsa piedad, esposo, que conozco mejor que todos vosotros y me parece más perniciosa que el odio! El odio, al menos, es actividad del corazón, es vida; y entras hay vida, hay esperanza de redención; el odio puede volverse amor en alguna manera; pero la falsa piedad adormece la conciencia, paraliza el corazón, mata el alma. Yo he oído alabar la piedad de la ciudad mía porque con tributo o limosna sostenía muchos asilos, hospitales y conventos para viejos, para inválidos, para niños, para doncellas; para todo vicio, defecto y necesidad había asilo en la ciudad esta, y toda forma de oración y enseñanza tenia en ella sustituto, y por esto era alabada de muy piadosa. Mas yo me revolví y dije: No de nuestra piedad son obras estas, sino de nuestro egoísmo. Cuando doy para el hospicio viejos, parece que quiero descargarme de todos los viejos. De la vida puede poner sobre mis hombros. Vayan allá, al…

Dar

Todo hombre que te busca va a pedirte algo; el rico aburrido, la amenidad de tu conversación; el pobre, tu dinero; el triste, un consuelo; el débil, un estimulo; el que lucha, una ayuda moral. Todo hombre que te busca de seguro ha de pedirte algo. ¡Y tu osas impacientarte! ¡Y tu osas pensar! ¡Que fastidio! ¡Infeliz! La ley escondida, que reparte misteriosamente las excelencias, se ha dignado otorgarte el privilegio de los privilegios, el bien de los bienes, la prerrogativa de las prerrogativas: ¡dar! ¡Tú puedes dar! ¡En cuantas horas tiene el día, tu das, aunque sea una sonrisa, aunque sea un apretón de manos, aunque sea una palabra de aliento! En cuantas horas tiene el día, te pareces a Él, que no es sino dación perpetua y regalo perpetuo. Debieras caer de rodillas ante el Padre, y decirle: • – ¡Gracias porque puedo dar, Padre mío! ¡Nunca más pasara por mi semblante la sombra de una impaciencia! ¡En verdad os digo que vale…

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