Tengo mucho que decirte

Tengo mucho que decirte

Tengo mucho que decirte, mucho. Pero son cosas que se secan al pasar a la palabra.
Me dices ingenuamente: “Dame la dicha, dámela; tú puedes dármela”. Y
conmovida hasta la tortura, yo miro en mí y veo con una claridad perfecta, que yo no
podré dártela. Amor, mucho amor; ternura, ternura inmensa como nadie,
nadie, la recibió de mí; pero ni ese amor ni esa ternura te darán felicidad, porque tú no
podrás quererme. ¡Si lo sabré yo, si lo habré comprendido bien! Este es el punto que
tú evitas tratar y es el único que debiéramos tratar, porque es “el único que importa”.
Tú no serás capaz (interrógate a ti mismo) de querer a una mujer fea. Hoy, ayer,
varios días, desde que mi viaje se ha decidido, vivo pensando en nuestro encuentro. Y
me voy convenciendo de que va a ser él la amargura más grande de mi vida. Tú eres
bondadoso, y querrás dejar ver el golpe, y (eso será lo peor) me hablarás con cariño.
Tal vez llegarás a besarme, para engañarte más que para engañarme. He observado
que hay en ti un gran deseo de engañarte, de creerte enamorado, de gritarte
conmovido. Quieres conmigo aturdirte como con un mal aguardiente, para olvidar; no
me alegues; ¿qué puedes alegar? Todo lo que dices, tu acariciar y tu emocionarte
hasta lo más hondo es por lo que tú crees que soy yo.
¡Si fuera posible evitarte y evitarme el sufrimiento que, seguramente, te va a
sangrar y me va a sangrar en ese encuentro! Pero, no hay remedio. Los dos lo
queremos, los dos lo llamamos con desesperación. Yo lo querría mañana mismo.
Porque te quiero más cada día y porque tampoco es posible que tú estés en el ridículo
de una situación así: viviendo para un absurdo y por un absurdo.
Esto crece, y me da miedo ver cómo me estás llenando la vida. Todo me lo has
barrido; los menudos cariños por las niñas, hasta por las gentes que viven conmigo, se
apagan. No tengo tibieza de brazos, palabras afectuosas y actitud de amor sino para ti.
Y hay todavía tres meses de espera; tres meses de quimera para ti y robustecimiento
para mí de una cosa que, seguramente, tú mismo me pedirás que arranque. Te
aseguro que no me parece ya un juego ni algo sin peligro. Me da miedo. ¿Qué hacer?
No hay remedio. ¿Para qué hablar, fantasear contando con el futuro, si estamos
edificando sobre una locura? Y no hay remedio. Alguna vez he pensado en mandarte
un retrato mío en que esté parecida (porque el que tú conoces es muy otro) ¡pero eso
es ineficaz! Tu imaginación siempre pondría luz en los ojos, gracia en la boca. Y algo
más: lo que más ha de disgustarse en mí, eso que la gente llama el modo de una
persona, no se ve en un retrato. Soy seca, soy dura y soy cortante. El amor me hará
otra contigo, pero no podrá rehacerme del todo. Además, tardo mucho en cobrar
familiaridad con las personas. Este dato te dirá mucho: no tuteo absolutamente a
nadie. Ni a los niños. Y esto no por dulzura, sino por frialdad, por la lejanía que hay
entre los seres y mi corazón. ¿Conseguirán tus ojos aquel día mostrarme tu alma de
modo que la confianza brote en el acto y eche los brazos al cuello en la realidad como
te los echo en la imaginación? No, porque tus ojos, leales a tu alma, no tendrán luz de
amor en aquel momento. Tú no podrás quererme. Esto me lo he dicho mil
veces hoy día. Mira, el domingo. cuando ese hombre me hablaba de su simpatía
por mí le oía con rabia como se oye a un embustero. Eso fuera de la irritación que da
el que alguien le hable de ternura cuando se tiene llena el alma de ella, pero para otro.
Y eso que ese hombre quizás pueda querer a una mujer fea, porque él no es lo que
eres tú físicamente ni lo que eres como refinamiento de espíritu. No hay quién me
convenza hoy a mí de que puede quererme. Sólo un idiota. Dime la verdad.
¿Tan grande es la ceguera que tú mismo te has dado que nunca has pensado en lo que
puede resultar de nuestro encuentro? Dime la verdad: ¿no te ha atormentado este
pensamiento como me atormenta a mí? ¿Serás capaz, te dejará la bondad ser honrado
para no tocarme, para no decirme una palabra más de cariño, después del desengaño?
Perdóname, pero yo no te creo capaz de esta generosidad, por lo mismo que tú ya
conoces de antemano el efecto que hará en mí. No discutamos los modos de amarnos;
hablemos de esto que es lo inmediato y lo esencial: Tú ¿me querrás fea? Tú ¿me
querrás antipática? Tú ¿me querrás como soy? Te lo pregunto y veo luego que no
puedes contestarme. Como un niño me hablas, con toda la ingenuidad de un niño y me
dirás: Sí. Te siento niño en muchas cosas y eso me acrece más la ternura. Mi niño, así
te he dicho hoy todo el día y me ha sabido a más amor la palabra que otras. Esta
ternura mía es cosa bien extraña. No fui nunca así para nadie. El amor es otra cosa
que esta ternura. El amor es más pasional y lo exaltan imaginaciones sensuales. Me
exaltan a mí sobre todo tus palabras doloridas y tiernas “desviadas un poco del ardor
carnal”. Quizás tu mirada me conmueva más que abrazo; quizás me dé tu mirar la
embriaguez que los demás arrancan de caricias más íntimas. ¡Niño mío! Yo no sé si mis
manos han olvidado o no han sabido nunca acariciar; yo no sé si todo lo que te tengo
aquí adentro se hará signo material cuando esté contigo, si te besaré hasta fatigarme
la boca, como lo deseo, si te miraré hasta morirme de amor, como te miro en la
imaginación. No sé si ese miedo del ridículo que mata en mí muchas acciones bellas y
que me apaga muchas palabras de cariño que tú no ves escritas, me dejará quietas las
manos y la boca y gris la mirada ese día. ¡Ese día! Si voy a sufrir mucho ¿no será
preferible evitarlo? Pero es necesario. Te prometo procurar que estemos solos.
Sería padecer más si fuera delante de otros. No te escribo más, aunque quisiera seguir.
¿Por qué? Porque esta carta me ha hecho sufrir más que otra alguna. Es terrible esta
situación. ¿Serás capaz de quererme después de haberme visto? Como un heroísmo
tal vez. Pero yo no admitiría heroísmos de esa especie.

Gabriela mistral

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